Juan Manuel Acuña

La paradoja de Mario Zamora

La paradoja de Mario Zamora

Por: Juan Manuel Acuña Salomón

 

El análisis político serio no se ejerce desde la simpatía ni desde la complacencia, sino desde la lectura objetiva de la realidad. Quienes leemos el tablero sinaloense con frialdad metodológica debemos ser capaces de admitir una premisa incómoda para no pocos: al día de hoy, Mario Zamora Gastélum es el perfil mejor posicionado y con mayor ventaja para encabezar la candidatura del PRI o de un eventual bloque opositor en el estado.

Reconocerlo no implica firmar un cheque en blanco ni hacer un borrón y cuenta nueva sobre sus formas políticas. Quien esto escribe ha sido crítico recurrente de su trayectoria y lo seguiré siendo cuantas veces sea necesario si sus decisiones o posturas así lo ameritan. He señalado su propensión a priorizar proyectos personales sobre la construcción institucional, la pragmática soltura con la que explora plataformas alternativas cuando las siglas tradicionales le estorban, y sobre todo, una narrativa de confrontación que, al tocar fibras sensibles de la coyuntura local, raya en la estridencia mediática y desatiende la responsabilidad de Estado que Sinaloa demanda en momentos críticos.

Sin embargo, la política real no se nutre de deseos, sino de activos y circunstancias. En el catálogo actual de la oposición local, Zamora posee atributos cuantitativos que sus competidores internos simplemente no tienen:

Un piso de conocimiento de marca insuperable: Habiendo competido ya por la gubernatura en 2021, su nivel de reconocimiento en el estado roza el cien por ciento. En un proceso electoral donde los tiempos de precampaña son cada vez más acotados, partir de ese volumen de visibilidad le ahorra la costosa fase de introducción que cualquier otra figura requeriría.

El control del aparato institucional: Mientras otros liderazgos locales navegan en la indefinición, Zamora mantiene una alineación directa y fluida con la cúpula nacional de su partido. Esa sintonía con la dirigencia le garantiza el blindaje de las siglas y el manejo del capital político del PRI a la hora de sentarse a negociar.

Resonancia de contrapeso y pragmatismo: En un contexto estatal marcado por la polarización y la crisis orgánica que atraviesa Sinaloa, Zamora se ha colocado como el interlocutor opositor más visible, capaz de sumar tanto a la estructura histórica del PRI como a liderazgos disidentes de otros orígenes.

A esta ecuación cuantitativa se suma un fenómeno sociopolítico latente en las calles, charlas de café y análisis de entorno: el crecimiento sostenido de un voto pragmático o de castigo. En la conversación cotidiana con ciudadanos de diversos sectores, la postura recurrente es contundente: existe un electorado dispuesto a votar por cualquier candidatura de unidad —sin importar el nombre ni el pasado del abanderado— con tal de desplazar al grupo en el poder.

Ese pragmatismo social es, en este momento, el mayor combustible indirecto para la aspiración de Zamora. Para ese sector desencantado, el debate no es doctrinal ni de simpatías; es un cálculo de matemática electoral básica para construir contrapeso.

Pero encabezar las preferencias de la oposición y ser el beneficiario de esa urgencia social no despeja la ecuación; apenas plantea el dilema central. La verdadera paradoja de Mario Zamora radica en que sus mayores fortalezas son, al mismo tiempo, el origen de sus más marcados pasivos.

Aquí cabe el mensaje directo y sin rodeos para él: si verdaderamente pretende construir una propuesta seria de gobernabilidad para Sinaloa, Mario Zamora debe desprenderse del ego y asumir con madurez que no es todólogo. Gobernar un estado herido y convulsionado exige dejarse ayudar. La ciudadanía no busca caudillos omniscientes; exige equipos con capacidad técnica probada.

Si de verdad aspira a ofrecer un proyecto viable, Zamora tendría que empezar desde ahora a integrar un hub de expertos, científicos, analistas y perfiles técnicos de primer nivel que le ayuden a diseñar, con rigor y visión de futuro, el proyecto de estado que Sinaloa requiere. Más aún: debería tener la audacia política de anticipar ante la opinión pública a los hombres y mujeres que integrarían su gabinete.

Sinaloa ya pagó un costo demasiado alto con la improvisación. La administración de Rubén Rocha Moya ha sido el mejor ejemplo de lo que ocurre cuando se premia la lealtad política por encima de la capacidad técnica, colocando perfiles todoterreno en carteras estratégicas —como el caso de Feliciano Castro, transitando sin rigor técnico de la Secretaría General de Gobierno a la Secretaría de Economía—. Esa rotación de improvisados ha paralizado el desarrollo y la gestión pública en el estado.

Si Zamora aspira a ser algo más que el candidato natural de una alianza por descarte, tendrá que resolver dos asignaturas pendientes: demostrar que su proyecto no es solo una estrategia de posicionamiento personal y sustituir la estridencia de tribuna por una propuesta seria de gobernabilidad respaldada por perfiles intachables.

La contienda que se avecina hacia 2027 exigirá pragmatismo, pero también madurez. La matemática y la coyuntura colocan a Mario Zamora al frente del tablero opositor; dependerá de él demostrar si tiene la humildad para dejarse acompañar por los mejores o si su candidatura se quedará únicamente como el monopolio de la urgencia electoral.

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