Números… números

Números… números
Por Juan Manuel Acuña Salomón
Existe la falsa idea de que el destino político de Sinaloa ya está sellado y que el mercado cautivo del gobierno es invencible. Los bloques oficialistas intentan sembrar en el ánimo colectivo la narrativa de que el aparato asistencialista ha construido una hegemonía inamovible. Sin embargo, los números reales del Padrón Electoral dicen exactamente lo contrario: la ciudadanía, y muy particularmente la juventud sinaloense, tiene en sus manos el poder absoluto de cambiar el rumbo del estado, pero no se ha dado cuenta. No se trata de un discurso motivacional, sino de pura matemática del poder.
Hagamos memoria para pisar terreno firme. En la elección de gobernador del 2021, la participación ciudadana oficial fue del 48.97% respecto a la Lista Nominal; prácticamente la mitad de los sinaloenses inscritos decidió quedarse en casa esa jornada. De cara al proceso del 2027, las variables cambian. Con una Lista Nominal oficial y consolidada por los órganos electorales que alcanza los 2,360,615 ciudadanos, la proyección debe ser quirúrgica y plantear los dos escenarios reales que definirán el futuro de la entidad.
El primer escenario es el de la inercia y la apatía. Bajo un supuesto conservador donde la participación se mantenga baja, rozando apenas el 45%, el universo de votantes reales en las urnas será de 1,062,276 sinaloenses. Si cruzamos este flujo con las reglas de operación de los programas sociales, el mercado de Morena sustentado en los apoyos a adultos mayores y becas a jóvenes tiene un techo máximo estimado de 400,000 votos. Esto asumiendo un control y una movilización perfecta de sus bases. Sin embargo, hoy existen dudas fundadas de que logren retener ese volumen en automático; el desgaste colateral de la crisis de seguridad y el freno económico sistémico en el estado han comenzado a fracturar la lealtad de miles de familias beneficiarias.
Aun así, en este escenario de baja afluencia, los 400,000 votos corporativos del gobierno representarían un peso enorme: el 37.7% de la votación total. Es el terreno ideal para el oficialismo. Al poder le conviene que la gente no vote, porque entre más chico sea el universo de votantes, más pesa su estructura controlada.
En la otra acera del padrón electoral se encuentra el verdadero motor de cambio: el voto joven de 18 a 29 años. Estamos hablando de un bloque de 540,000 sinaloenses libres y productivos que no dependen de una transferencia gubernamental. Históricamente, este es el sector que más se abstiene, saliendo a votar apenas 4 de cada 10 jóvenes (un 40% que equivale a unos 216,000 votos). La apatía juvenil es el verdadero oxígeno del régimen actual.
Pero subamos la pichada a un escenario realista de alta participación, uno donde la indignación por la realidad actual actúe como catalizador y la afluencia en las urnas se eleve al 55% de la Lista Nominal —una cifra idéntica a la que Sinaloa registró en los comicios concurrentes del 2024—. En este terreno, el mapa político sufre un vuelco sísmico.
Al elevarse la participación al 55%, la votación total sube a 1,298,338 sinaloenses en las urnas. El mercado cautivo del gobierno topa en su mismo techo de 400,000 votos, pero su peso relativo se desploma: pasa de controlar las tendencias a significar apenas el 30.8% de la elección. El bloque oficialista se convierte, de golpe, en una minoría organizada. El restante 69.2% —una bolsa de 898,338 votos— queda por completo en manos de la ciudadanía libre.
Si desglosamos matemáticamente esa enorme bolsa del mercado libre con base en los pesos y las tendencias históricas de las distintas fuerzas políticas, el mapa opositor quedaría dibujado con precisión exacta: el PRI capturaría cerca de 370,000 votos; el PAN rondaría los 268,000; Movimiento Ciudadano se colocaría en los 99,000; el PAS obtendría poco más de 81,000; y los partidos de reciente creación se disputarían un 6% conjunto para garantizar su supervivencia legal.
Los números fríos arrojan una verdad que los cuartos de guerra opositores deben entender con urgencia. En un escenario de alta participación, una coalición inteligente entre el PRI y el PAN sumaría por sí sola 638,000 votos, superando por una ventaja indiscutible de más de 238,000 sufragios al bloque del gobierno. La oposición unida y activa es una mayoría matemática absoluta.
Sin embargo, las cosas no se resuelven solo con sumas en el papel. La gran pregunta estratégica de cara al 2027 es: ¿a dónde se van a ir esos votos que ya no quieren al oficialismo? Si toda esa indignación ciudadana y el empuje de la juventud libre se pulverizan entre el PRI, el PAN, MC y el PAS, la matemática se anula. Si las dirigencias deciden no hacer un frente común y cada quien jala por su cuenta debido a egos corporativos o intereses de grupo, le estarán regalando la victoria al gobierno en charola de plata. La dispersión es el único camino que le queda al poder para sobrevivir.
Por ello, el reto para los ciudadanos y, en especial, para los jóvenes de cara al 2027 es doble: romper la barrera del 40% de participación tradicional —llevar el voto juvenil arriba del 55% es completamente factible— y, al mismo tiempo, exigir un frente común que unifique y concentre el esfuerzo.
Demográficamente, la juventud tiene el poder de poner y quitar a quien quiera; son la fuerza electoral más grande del estado. Al abstenerse o permitir la división, le ceden el volante a una minoría. Los números demuestran que el gigante del asistencialismo es, en realidad, un gigante con pies de barro. La moneda está en el aire y la combinación numérica es clara: participación más unidad es igual a un nuevo rumbo para Sinaloa.





