La crisis del PAN en Sinaloa

La crisis del PAN en Sinaloa
Por: Juan Manuel Acuña Salomón
En política, el peor error de cálculo no es la debilidad, sino la soberbia que intenta ocultarla. Quienes hoy administran los restos del Partido Acción Nacional (PAN) en Sinaloa parecen sufrir de una ceguera voluntaria, una desconexión total con la realidad de las calles que los lleva a declarar discursos triunfalistas desde la comodidad de sus escritorios en Culiacán. Sin embargo, cuando se desvisten las siglas y se revisan las tripas del partido, la radiografía es de una crudeza matemática inapelable: hoy por hoy, el PAN en Sinaloa es incapaz de ganar absolutamente nada por sí solo.
La mística combativa que alguna vez caracterizó al panismo sinaloense —ese que abría boquetes al viejo sistema arropado por las clases medias urbanas, los sectores productivos y liderazgos morales de intachable solvencia— ha sido sepultada por la comodidad de la sobrevivencia burocrática. El relevo en la dirigencia estatal, transitando de Roxana Rubio a Wendy Barajas, no representó una sacudida democrática ni un relevo generacional; fue la consolidación de una línea de continuidad pactada en la cúpula. El objetivo del grupo en el poder actual no es ganar el gobierno del estado ni construir una oposición real; su verdadera tirada es asegurar que la franquicia financiera siga entregando prerrogativas, regidurías y posiciones plurinominales para un club de amigos sumamente selecto.
Esta cerrazón ha provocado un fenómeno desastroso para cualquier institución que aspire al poder: la huelga silenciosa de la “vieja guardia”. Al cerrarle las puertas a la deliberación auténtica y marginar a los cuadros con trayectoria y respetabilidad social, provocaron que el panismo histórico simplemente se cruzara de brazos. No se han ido en masa a otras marcas; es peor: se han sentado pacientemente a ver pasar el entierro de su propio partido. El colmo de este pragmatismo vulgar y desprovisto de pudor ideológico quedó en evidencia con el espectáculo mediático del registro de Jesús Estrada Ferreiro en su proceso interno. Ver al exalcalde de Culiacán —un perfil cuyo origen y estilo radicalmente ajenos al humanismo político tradicional son de todos conocidos— buscando cobijo en el blanquiazul es la prueba reina de que los filtros doctrinarios se pulverizaron en aras de una desesperada nota de prensa.
Para quienes aún duden del colapso, los datos oficiales del Instituto Nacional Electoral (INE) y del Instituto Electoral del Estado de Sinaloa (IEES) desnudan la realidad con frialdad milimétrica. El PAN en Sinaloa apenas rasca los 10,420 militantes registrados en todo su padrón oficial. El PAN camina sobre la cuerda floja, al borde de la extinción formal.
Pero el dato verdaderamente letal está en la tierra: de esos 10 mil afiliados de papel, escasamente operan 2,500 cuadros activos en el estado. Con ese raquítico músculo, el PAN es matemáticamente incapaz de cubrir las estructuras de representantes de casilla en los 20 municipios de Sinaloa. No tienen los fierros, no tienen la militancia, no tienen el dinero, y lo más grave, ya no tienen la mística para defender el voto libre. Si el PAN se aventura a competir solo en el escenario estatal, la realidad del “Día D” —donde el oficialismo despliega una maquinaria clientelar de precisión quirúrgica con un techo estructural de 400,000 votos— los va a borrar del mapa de un plumazo.
El PAN en Sinaloa ya no está en condiciones de poner reglas, de regatear posiciones por mero capricho cupular y mucho menos de pretender encabezar una candidatura a la gubernatura con un cuadro propio de sus desgastadas filas. Su única ruta de supervivencia real, si es que les queda un gramo de generosidad y visión de Estado, los obliga a doblar las manos ante la realidad:
Ceder por completo la cabeza a la sociedad civil organizada: Entender que la marca partidista está sumamente desgastada y que la única forma de disputarle el estado a la aplanadora gubernamental es arropando a un perfil auténticamente ciudadano, un liderazgo fresco, empresarial o social, con solvencia moral y sin los negativos de las dirigencias actuales.
Concentrarse en el realismo local: Aceptar un rol de acompañamiento en la gubernatura y concentrar sus pocas canicas en distritos locales y alcaldías urbanas muy específicas donde aún conserven perfiles competitivos y donde el desgaste del gobierno estatal abra ventanas de oportunidad.
Si la dirigencia blanquiazul insiste en mantener el candado echado y operar el partido como una pequeña parcela privada, seguirán entregando el estado antes de que empiece la campaña. En política, jugar a solas cuando no se tienen los fierros para cuidar una casilla no es una estrategia; es un suicidio anunciado. Es hora de que el PAN sinaloense se mire al espejo, acepte su desnudez y entienda que su única oportunidad de permanencia radica en tener la grandeza de aceptar una Alianza y abrirle paso a la ciudadanía libre.





