Juan Manuel Acuña

El fin de Morena en Sinaloa

El fin de Morena en Sinaloa

Por Juan Manuel Acuña Salomón

Más de un 70 por ciento de la población de Sinaloa no está de acuerdo con el rumbo del gobierno actual. La inconformidad es mayúscula, generalizada y latente en cada rincón del estado; un descontento social que, de leerse correctamente, nos hace suponer que este 2027 Morena en Sinaloa llega a su final.

Pero como en nuestra política local todo tiene sus asegunes, los partidos de oposición en lo individual siguen demostrando una ceguera crónica. Van directo al precipicio si pretenden competir aislados, aunque presenten un buen candidato. En este escenario, la regla matemática y democrática es implacable: el régimen oficialista solo se derrota si se formaliza con firmeza la tan cacareada Gran Alianza PAN-PRI-MC-PAS. Y es justo ahí, en la mesa de negociaciones, donde se tuerce el rabo a la mula. El reto real no es solo firmar un papel, sino lograr la estatura política para buscar y respaldar al candidato idóneo sin mezquindades.

Hoy en día, las pláticas avanzan entre el PAN, el PRI y el PAS, pero donde existe una cerrazon total, fría e inexplicable es en Movimiento Ciudadano.

¿A qué se debe esta actitud mezquina? De entrada, a decisiones cupulares tomadas a miles de kilómetros —desde la comodidad de oficinas de la CDMX— y a la sumisión total de la dirigencia de MC en Sinaloa, incapaces de alzar la voz ante la grave situación que estrangula a nuestro estado. Se llenan la boca pregonando que hay que poner a Sinaloa por encima de cualquier interés nacional, de cuotas partidistas y de ambiciones de grupo, pero a la hora de la hora y los hechos, todo indica que se pasan esos discursos por el arco del triunfo.

Hablan demagógicamente de una “alianza con la ciudadanía”, cuando a todas luces se ve que la sociedad civil exige y respalda la gran alianza opositora. ¿En dónde quedó ese amor por Sinaloa que pregonan a diestra y siniestra actores como Sergio “Pío” Esquer y su equipo de trabajo? Saben perfectamente que ir solos es marchar con los ojos vendados hacia el despeñadero y que su presencia electoral en Sinaloa se reducirá a una anécdota estéril.

La única opción digna que les queda es sacudirse el yugo centralista, dejar claro a las cúpulas nacionales que son sinaloenses de bien y que primero está su tierra. Comprender que formar parte de la Gran Alianza garantiza un triunfo holgado y, sobre todo, útil para los sinaloenses. En otras palabras: tener el valor civil de enfrentarse a sus propias dirigencias y poner a Sinaloa por delante, como tanto lo pregonan en sus gacetillas de relaciones públicas. Ojalá lo entiendan a tiempo; Sinaloa entera y el electorado se los van a agradecer.

Volviendo al diagnóstico central de que Morena tiene los días contados en estas elecciones, es evidente que el péndulo histórico ya no les favorece. Todo está en su contra, principalmente por la pérdida absoluta de confianza ciudadana, repito, respaldada por ese porcentaje lapidario que reprueba su forma de gobernar y el rumbo caótico hacia el que han conducido al estado.

A esto hay que agregar el desgaste natural y la caída libre en la popularidad de figuras como Imelda Castro. La mayoría de las encuestas serias así lo confirman: cuando se le mide frente a perfiles competitivos como el de Mario Zamora —como posible abanderado de la gran alianza—, los números no mienten y apuntan a una derrota con un margen indiscutible.

Y traigo a la mesa el caso de Mario Zamora porque hoy encabeza con claridad el pelotón de aspirantes de la oposición, sumando día con día a más liderazgos y sectores sociales a su proyecto. Es el clásico y efectivo bandwagon o efecto “ganador”, ese fenómeno donde la ciudadanía y los actores políticos asumen quién tiene madera de triunfador y convergen hacia su proyecto porque reconocen que es la única ruta sensata y segura.

Este dinamismo lo atestiguamos casi todos los días, y su inercia continuará sumando adeptos, despegándolo de Paola Garáte, de Paloma Sánchez y del resto de los aspirantes que deberán hecharle más ganas a su campaña. Lo ideal, por el bien de la causa democrática, sería cerrar filas desde ya en torno a su figura. Sin embargo, la agria práctica de la política nos dice que los acuerdos finales siempre se estiran hasta el límite. Ojalá la cordura llegue antes de que sea demasiado tarde y las cúpulas entiendan que Sinaloa no está para caprichos, sino para estadistas con valor y congruencia.

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