Juan Manuel Acuña

PAS: La encrucijada estratégica

PAS: La encrucijada estratégica

Por Juan Manuel Acuña Salomón

 

El Partido Sinaloense (PAS) ha llegado al punto de no retorno. Bajo la dirigencia de Robespierre Lizárraga Otero, la institución se encuentra obligada a tomar una decisión de ingeniería política que no admite titubeos: definir su política de alianzas de cara al próximo proceso electoral.

Más que una simple elección de siglas en la boleta, la determinación definirá si el pasismo mantiene su relevancia como el motor regional de mayor estructura en el estado o si sucumbe ante la inercia de la polarización nacional. La encrucijada plantea tres escenarios muy concretos para su liderazgo.

  1. Ir en solitario: El riesgo de la irrelevancia

Aunque en el discurso interno la opción de competir sin acompañamiento se abandere bajo la mística de la independencia, en los hechos representa una trampa táctica. En una contienda fuertemente dividida por la contienda de bloques, apostar únicamente al voto duro equivale a administrar la supervivencia: cuidar el registro legal a costa de reducir drásticamente su presencia en el Congreso del Estado y en las alcaldías. Apoyarse en la sola estructura propia, sin una amplia articulación opositora, es sepultar el peso estratégico construido durante más de una década. Una ruta nada recomendable.

  1. La alianza con Morena: La imposibilidad política y moral

Un entendimiento con el oficialismo es, en el plano real, una quimera. Las secuelas de la confrontación por la autonomía universitaria, los litigios institucionales y el choque constante entre los actores del estado marcan una grieta infranqueable. Más allá de las pragmáticas de coyuntura, sumar al PAS a la causa guinda representaría un costo de dignidad insostenible ante su propia militancia. La política suele perdonar virajes ideológicos, pero rara vez la falta de memoria y coherencia frente al agravio reciente.

  1. La alianza opositora (PRI-PAN): El camino indispensable

Construir un frente común con los partidos de oposición se erige como la alternativa más lógica, competitiva y equilibrada. Aportar el despliegue territorial y la capacidad operativa del PAS a una gran coalición opositora no solo devuelve al partido el protagonismo en las grandes decisiones de la entidad, sino que dota a Sinaloa de un contrapeso verdadero, capaz de competir con equilibrio institucional frente a la maquinaria gubernamental.

 

Robespierre Lizárraga no la tiene fácil. Le toca operar sin margen de error en un tablero donde los tiempos se agotan y las indefiniciones se pagan caro. La encrucijada está servida: priorizar la supervivencia testimonial o asumir la responsabilidad de articular un frente decisivo para el futuro de Sinaloa.

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