Juan Manuel Acuña

#Imelda No Prende

#Imelda No Prende
Por Juan Manuel Acuña Salomón

Dijo el sabio refranero popular que no por mucho madrugar amanece más temprano, pero en la política sinaloense habría que agregar que, a veces, el que madruga solo consigue enredarse antes de tiempo. En el pecado lleva la penitencia: el haber madrugado con tanta anticipación para la carrera por Sinaloa, en lugar de favorecer a Imelda Castro, terminó por desgastarla de forma prematura. Hoy, tras una sobreexposición mediática incesante y atrapada en una encarnizada guerra intestina dentro del oficialismo, sus posibilidades parecen haberse minimizado. Imelda sencillamente no prende.

El panorama estatal es complejo. La ausencia de un liderazgo o grupo político que mantenga el control territorial ha propiciado una desbandada local, abriendo de par en par la puerta para que las decisiones clave se tomen directamente desde la Ciudad de México. Muestra clara de ello es la inminente postulación por Culiacán de Carlos Alonso Ramírez Reyes, fundador de Morena en Sinaloa e hijo de Alfonso Ramírez Cuéllar. Su reciente renuncia a un puesto en la Subsecretaría de Gobernación envía un mensaje contundente y sin matices: en los escritorios del centro ya todo está planchado, dejando a los demás aspirantes fuera de la jugada.

Esta intervención directa refleja una realidad ineludible: ante la ingobernabilidad que asfixia a Sinaloa y la evidente carencia de liderazgos locales con tracción real, la cúpula nacional ha tomado el timón absoluto de las definiciones electorales. En este escenario, ni Graciela Domínguez tiene las riendas en sus manos, ni Imelda Castro conserva la fuerza que presumía, mientras la dirigencia estatal de Morena ha quedado reducida a un papel puramente testimonial.

Las razones de por qué no prende se acumulan en el sentir ciudadano. Al ser una de las figuras públicas más visibles de Morena en la entidad, inevitablemente parte del profundo descontento social hacia la gestión del gobierno estatal recae sobre sus hombros. A esto se suma una alarmante falta de cohesión interna que ha polarizado a las distintas facciones del oficialismo. Aunque Imelda intenta proyectarse como una candidata de consenso apadrinada desde el centro, al interior de las bases locales abundan las resistencias, por lo que se percibe como favoritismo o abierta imposición. Incluso ella misma ha terminado por reconocer el riesgo latente de un “voto de castigo”, azuzado por el cansancio social frente a los problemas crónicos de empleo, la parálisis en la economía real y la imparable crisis de seguridad.

Para colmo de males en el búnker guinda, si la oposición logra cuajar una gran alianza con un perfil competitivo como Mario Zamora al frente, el tablero político sufrirá un vuelco drástico. Una candidatura unificada de oposición tendría la capacidad de canalizar en un solo bloque todo el malestar acumulado en Sinaloa. De formalizarse este frente común, las probabilidades de Imelda Castro caerán drásticamente, pues el amplio porcentaje de electores indecisos —determinantes en una contienda cerrada— suele inclinarse hacia la alternativa que represente un contrapeso real y unificado, en lugar de diluirse en opciones menores.

Sinaloa se perfila así para ser una de las gubernaturas más disputadas y de margen más estrecho. Pero bajo estas condiciones de desgaste, división e injerencia externa, la distancia favorecería a la oposición, dejando en claro que, por más apoyos que le busquen desde el centro, la candidatura de Imelda Castro simplemente no logró encender el entusiasmo del electorado sinaloense.

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