Juan Manuel Acuña

SOMOS en Sinaloa: un fracaso total

SOMOS en Sinaloa: un fracaso total

Por Juan Manuel Acuña Salomón

 

La salida de Raúl Ibáñez y de su equipo de SOMOS en Sinaloa no es un simple diferendo de grupo ni una anécdota menor de la coyuntura política: es, en términos estrictamente operativos, la cancelación definitiva del proyecto en el territorio estatal.

Con el retiro de su equipo fundador, la marca pierde de golpe lo más difícil de construir en política: la red orgánica de contactos, la confianza depositada por liderazgos locales y la capacidad logística de despliegue en municipios y comunidades. Sin esa carpintería de tierra, no hay narrativa que sostenga un proyecto.

El episodio expone, una vez más, la soberbia del tradicional “chilangocentrismo”. Se vendió a la ciudadanía una alternativa fresca, incluyente y marcadamente regional. Sin embargo, al momento de tomar decisiones clave, desde la cúpula nacional se optó por replicar exactamente los mismos vicios que se criticaban: la imposición de visiones de escritorio, la priorización de acuerdos de grupo y el desdén hacia quienes le daban tracción y sustancia al movimiento en las regiones. Se pretendió administrar el entusiasmo ciudadano con la lógica autoritaria y centralista de antaño.

El cálculo del centro cometió un severo error de apreciación. En Sinaloa, la política no se hace por decreto de prensa ni se sostiene desde un restaurante en la Ciudad de México. Ignorar la realidad territorial desmanteló el trabajo construido desde la base, quitándole al movimiento su razón de ser. Cuando la conducción central desoye a sus estados, la propuesta deja de ser una opción cívica para convertirse en un cascarón inerte.

El rompimiento de la base local no nace del arrebato, sino de una exigencia elemental de coherencia ética. Sinaloa ha llegado a un punto donde la sociedad y sus liderazgos no están dispuestos a ser comparsas de la simulación ni a avalar la contradicción entre un discurso de apertura y una práctica de exclusión. Ante la incapacidad de la dirigencia nacional para rectificar, la respuesta ha sido un deslinde firme y categórico.

Sin el equipo que le metió cuerpo, tiempo y arraigo al proyecto, SOMOS en Sinaloa enfrentará un destino sumamente predecible: la incapacidad para movilizar estructuras, el riesgo latente de terminar ofreciendo siglas a perfiles reciclados para llenar planillas, y el colapso ante las exigencias del registro local.

Quienes pretenden encabezar causas nacionales deben entender que la fortaleza de un movimiento no reside en la disciplina impuesta desde un escritorio central, sino en el respeto absoluto a la legitimidad de sus bases. Al darle la espalda a su gente en el territorio, la cúpula nacional no solo pierde a Sinaloa: convierte a nuestra entidad en el testimonio público de un proyecto que prometió ser diferente y terminó traicionando su propia esencia. De repetirse este patrón en otras latitudes del país, el fracaso global de la franquicia estará a la vista.

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