Juan Manuel Acuña

Un Gobernador sin el Congreso es un rey de papel

Un Gobernador sin el Congreso es un rey de papel.

Por Juan Manuel Acuña

 

 

En todas las campañas electorales, cada seis años, toda la atención se centra en quién va a ser el candidato a gobernador. Vivimos obsesionados con la corona, pero ignoramos quién tiene las llaves del tesoro y las armas para detener la marcha. Cada temporada electoral, la neurosis colectiva de los partidos, los financieros y los opinólogos se vuelca con frenesí hacia una sola silla: la del Gobernador. “La Grande”, le llaman con reverencia casi monárquica. Se gastan millones, se queman suelas y se desatan pasiones desbordadas por un solo hombre o mujer.

No solo eso; la miopía se extiende también a los pequeños feudos: las presidencias municipales. Quizás sea porque ahí se dispone del botín inmediato, donde se puede echar mano a las arcas sin intermediarios. Piensa mal y acertarás.

Mientras tanto, las diputaciones locales se reparten en las mesas de negociación como premios de consolación, cuotas para calmar berrinches internos o refugio para operadores grises cuyo único mérito es saber levantar la mano cuando el jefe lo ordena.

Qué monumental miopía política. Qué absoluto analfabetismo estratégico.

El Gobernador, por más legítimo y poderoso que parezca, en la fría realidad de la ingeniería constitucional es un administrador de turno. El verdadero búnker del poder real, el motor y el freno de mano del Estado, está en el Congreso Local. Y ahí es donde la ciudadanía y los movimientos que de verdad quieren cambiar las reglas del juego deben fijar la mirada. Para dejarlo claro: un Gobernador sin el Congreso es un rey de papel.

Vamos desglosando por qué la curul pesa más que el tercer piso del palacio. Primero, está el dinero: el Ejecutivo puede diseñar el plan de desarrollo más espectacular del mundo, pero no puede gastar un solo peso que los diputados no le aprueben. El presupuesto se decide, se mocha o se reasigna en el Congreso. Si la cámara quiere congelar las ocurrencias de un gobernante, simplemente le cierra la llave del dinero y lo deja de manos atadas.

Además, las reglas del juego están claras. El Gobernador opera bajo las leyes existentes, y si quiere transformar las estructuras de seguridad, economía o desarrollo, necesita reformas constitucionales. El Congreso es el único que puede parir esas leyes o aplicar el freno de mano definitivo ante cualquier intento de autoritarismo.

Finalmente, hablemos de los contrapesos reales. El Gobernador propone, pero el Congreso dispone quién se queda con las sillas clave que vigilan al propio Gobernador. El Fiscal General del Estado, los magistrados de justicia y los titulares de los órganos de fiscalización y transparencia dependen de la votación de los diputados. Un Congreso digno no le firma cheques en blanco a nadie.

Seguir apostando todas las canicas a la gubernatura desatendiendo el Congreso es un suicidio táctico. Si tu candidato a Gobernador gana pero le dejas una legislatura dócil a la oposición, lo conviertes en un rehén de seis años. Y si tu candidato no llega, pero logras capturar el Congreso, mantienes el control del rumbo del Estado. Gane quien gane, el poder real se comparte y se vigila.

No estamos hablando de rellenar las boletas con los mismos rostros de siempre para cumplir la cuota. Hablamos de postular a los mejores técnicos, fiscalistas, constitucionalistas y líderes sociales de cada distrito. Ciudadanos con peso específico propio que no necesiten que un asesor les explique cómo leer una cuenta pública o cómo auditar un gasto.

Es hora de romper la inercia. Dejemos que los partidos de siempre sigan despedazándose y gastando sus naves en la obsesión de una sola silla. El verdadero equilibrio, la soberanía ciudadana y el rescate institucional de nuestro entorno se firman desde la curul. Quien controla el Congreso, controla el destino del Estado. Así de claro.

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