Se llenó de locos el Salón Floresta

Se llenó de locos el Salón Floresta
Por Juan Manuel Acuña Salomón
Estuve presente en la “presentación” del libro Los locos de la democracia, un evento programado con bombo y platillo que logró un lleno total en el Salón Floresta del Hotel Wyndham Executivo Culiacán. Un éxito indiscutible de asistencia y convocatoria política, aunque el gran ausente de la mañana terminó siendo el propio libro.
La estructura del evento estuvo fría y calculadamente diseñada para que todos lucieran menos el autor. La sola presencia del expresidente Vicente Fox Quesada actuó como el imán principal, pero también como un reflector encandilador que borró por completo de la escena al anfitrión, Eduardo Ortiz.
Desde que tomó el micrófono, el expresidente dejó en claro que la literatura era apenas un pretexto decorativo. Con su conocido estilo bronco y folclórico, Fox transformó el acto editorial en un mitin de nostalgia y arenga política:
Centró sus palabras en la gesta del año 2000, recordando la caída del viejo régimen priista para utilizarla como estandarte de movilización en la coyuntura actual.
Fiel a su costumbre, arremetió contra el gobierno federal y la hegemonía del oficialismo, llamando a la ciudadanía a “despertar” para frenar el autoritarismo.
El imán de reflectores: Con frases efectistas sobre el clamor popular y los liderazgos necesarios, Fox acaparó las miradas, los aplausos y los titulares de la prensa local, convirtiéndose en el centro gravitacional del recinto.
Acompañando a Fox, las dirigencias locales del PAN así como figuras de la alianza opositora (PAN, PRI, MC y PAS) que hicieron lo propio. Lejos de analizar la propuesta teórica o la narrativa del texto, hicieron uso de los micrófonos de la prensa en una pasarela que aprovecharon muy bien.
Lanzaron discursos cargados de consignas sobre la “unidad opositora” y el “deber democrático”, alineados al calendario electoral en puerta.
Cada participante aprovechó la vitrina mediática para saludar a sus estructuras, criticar la situación de seguridad en Sinaloa y asegurar la foto de rigor con el visitante ilustre.
El momento más revelador de la mañana no estuvo en la solapa del ejemplar, sino en la intervención de Claudia Singh. Al exponer la relatoría de “cómo se hizo” la obra, Singh actuó —quizá sin pretenderlo— como la narradora transparente de una típica maquila editorial.
Detalló con minuciosidad la metodología, las entrevistas, el rastreo de archivos y la recopilación de testimonios que dieron forma a las páginas. Al hacerlo, desplazó de inmediato el mérito intelectual hacia el equipo técnico que arrastró el lápiz. La relatoría confirmó lo que en el salón ya muchos sospechaban: no estábamos ante el impulso reflexivo de un político frente a la hoja en blanco, sino ante el clásico producto por encargo donde Eduardo Ortiz aportó el presupuesto, la firma y los contactos, mientras otros hicieron el trabajo de investigación. Ortiz lució más como un cliente o productor ejecutivo que como un autor con voz propia.
¿Y el libro? Bien, gracias. Debo reconocer con absoluta honestidad que no lo he leído, y no por falta de gana, sino porque en ese salón nadie fue a hablar de literatura y el evento no dio margen para más. La obra quedó guardada en sus cajas como souvenir o pasando de mano en mano como mero pretexto para sacarse la selfie o conseguir el autógrafo de Fox. Eduardo Ortiz logró la proeza de llenar el recinto y juntar a la plana mayor de la política local, pero cometió el error de traer a un invitado tan estruendoso que terminó aplastando la portada de su propia creación.
Al final, nos regalaron una estampa entrañable de la política sinaloense: esa bonita tradición donde la literatura es solo una pantalla, el presídium es una pasarela de egos y la “democracia” es un pretexto del que todos hablan, pero que nadie se molesta en leer. En fin, fue un evento que se llenó de locos… entre ellos yo, que asistí esperando presenciar la reseña de una obra y terminé atestiguando un desfile de vanidades políticas donde hubo de todo: discursos de campaña, aplausos a destiempo y harto reflector… todo, absolutamente todo, menos libros.





