Juan Manuel Acuña

El hartazgo sinaloense ante la política de lo superficial

El hartazgo sinaloense ante la política de lo superficial

Por: Juan Manuel Acuña Salomón

 

Menos show y más estrategia: eso es lo mínimo que Sinaloa merece.

He estado atento a las giras y eventos territoriales realizados por aspirantes a la gubernatura bajo membretes como “Coordinación de la Defensa de la Transformación” de Morena, “Defensores de Sinaloa” del PRI,  “Defensores de la Patria” del PAN.  Los partidos y aspirantes aprovechan vacíos normativos o la ambigüedad en los criterios de los tribunales (como el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación o el Instituto Electoral del Estado de Sinaloa) para realizar actos de posicionamiento sin pronunciar palabras explícitas como “voto”, “campaña” o “candidato.

Esto es caminar intencionalmente sobre la “zona gris jurídica” de la legislación electoral para ganar ventaja territorial sobre rivales o sobre la misma ley.

Morena fue el primer partido en utilizar estos artilugios y les gano el jalón a los partidos de oposición quienes tardíamente reaccionaron.

Que hemos visto en estas giras y eventos solo la banalidad en el discurso político sin tocar a fondo las soluciones a los dos grandes motores de la vida sinaloense: la seguridad pública y la economía local.

Sinaloa atraviesa momentos decisivos en su historia social, económica y de seguridad. La ciudadanía camina todos los días entre la incertidumbre del comercio local, la urgencia de infraestructuras dignas y el reclamo persistente de paz y justicia. Sin embargo, al sintonizar el debate político o revisar la conversación pública rumbo a la gubernatura, la respuesta de quienes aspiran a gobernar el estado parece sacada de un guion desconectado de la realidad: discursos vacíos, sonrisas calculadas para la foto y un desfile incesante de banalidades.

La sociedad sinaloense no solo está cansada; está exhausta. Agotada de ver cómo la aspiración al poder se ha reducido a una contienda de popularidad digital, eventos protocolarios desprovistos de sustancia y frases hechas que dicen mucho sin comprometer nada.

El problema de fondo no es solo la falta de propuestas serias, sino la absoluta ausencia de viabilidad en el discurso. Cualquier aspirante puede memorizar un catálogo de buenas intenciones: “impulsaremos el campo”, “fortaleceremos la seguridad”, “traeremos inversión”. “vamos a pacificar Sinaloa” o “regresaremos la tranquilidad a las familias”.  “. Esos no son compromisos, son expresiones de deseo son conceptos abstractos que nadie cuestionaría, pero que tampoco resuelven nada. La verdadera pregunta que los políticos esquivan de manera sistemática es: ¿cómo le van a hacer?

El silencio ante estas interrogantes revela dos posibilidades igualmente preocupantes: o existe una profunda improvisación en quienes buscan dirigir los destinos del estado, o bien, una evidente falta de respeto hacia un electorado al que perciben como receptáculo de pura mercadotecnia.

La ciudadanía de Sinaloa ya no se conmueve con lemas de campaña ni con descalificaciones de banqueta. Gobernar un estado con la complejidad geográfica, económica y social de Sinaloa exige capacidad técnica, rigor presupuestal y, sobre todo, honestidad intelectual.

Es hora de exigir un cambio en la exigencia pública. Si un aspirante a la gubernatura presenta un proyecto, el ciudadano tiene el derecho de exigir la “letra pequeña”: el diagnóstico real, la ruta de implementación y los costos financieros y sociales. Aquel que responda con evasivas, fotos teatrales o ataques al rival estará confirmando su incapacidad para ofrecer algo distinto.

Sinaloa no necesita más espectadores en busca de reflectores; requiere un gobierno con ruta clara. Mientras la clase política no entienda que el cansancio social se transforma rápidamente en descontento e indiferencia, seguirá abonando

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