Una sociedad de lamento y pasillo

Una sociedad de lamento y pasillo
Por Juan Manuel Acuña Salomón
La única solución real para salir de la pesadilla que vive Sinaloa es una sola, clara y contundente: tenemos que sacar a Morena del gobierno.
Ya basta de jugar a la defensiva. Hay que asumir, de una vez por todas, que el primer paso obligatorio para rescatar al estado es arrebatarles el poder. Para lograrlo, el sector productivo y las organizaciones civiles no pueden seguir como simples espectadores; son, por su peso específico, las piezas clave de esta ecuación.
El panorama político es desolador. Desgraciadamente, los partidos de oposición en Sinaloa no existen; son cascarones vacíos, estructuras cómplices que ya no representan a nadie. Sin embargo, nos guste o no, legalmente son el único vehículo electoral disponible para echar al oficialismo. Ante este vacío absoluto de liderazgo, la culpa no es del todo de ellos; también es de una sociedad y un empresariado que hemos permanecido apáticos, temerosos y paralizados. Debemos actuar ya como el verdadero contrapeso. Nuestra tarea no es verlos pasar, sino doblarle las manos a esos partidos adormecidos, obligarlos a dejar a un lado sus intereses individuales y forzar una alianza total que cuente con el apoyo real y financiero de la ciudadanía consciente y del sector productivo.
Si bien la partidocracia deja muchísimo que desear, también hay que decir las cosas como son: los sectores productivos y la sociedad civil organizada no están ejerciendo el fondo de su poder. Nos hemos convertido en una sociedad de lamento y pasillo. Solo nos quejamos en privado cuando nos va mal o, peor aún, elegimos el silencio cobarde mientras dejamos que las cosas sigan empeorando. El problema de fondo que hoy tiene a la entidad de rodillas es el pésimo y destructivo gobierno de Morena. Por ahí tiene que ir nuestra línea de acción: sacarlos a golpe de votos, con una avalancha ciudadana en las urnas que no deje espacio a la menor duda.
Por eso resulta tan cuidado —e inútil— el desplegado que anda circulando por ahí. En lo personal, me parece de una tibieza alarmante. Se quejan, sí, y con justa razón exhiben los datos duros para responder al cinismo de la Federación. Pero lo que no se atreven a decir con todas sus letras es el origen de esta tragedia, de esta crisis que hoy parece no tener salida.
Aun viendo el desastre tocando a la puerta de sus negocios, estas élites sinaloenses no se atreven a dar un paso al frente. Prefieren cuidar su parcela, vigilar sus intereses de gremio y, cuando el agua ya les llega al cuello, lanzar un grito colectivo pero timorato. No son capaces de ver por el destino de Sinaloa. Actúan como si la debacle fuera un simple problema de balances financieros o de pérdidas deducibles de impuestos, y no la pérdida absoluta del futuro de nuestro suelo. Siguen sin entender que si Sinaloa se hunde, se van a hundir ellos también, junto con sus empresas, sus capitales acumulados y sus zonas de confort. El fuego de la ingobernabilidad no va a respetar herencias.
Basta de cartitas de protesta que el gobierno usa para limpiar sus escritorios. Se tiene que dejar la simulación atrás, arremangarse los pantalones y organizarse en serio para ejercer una presión electoral y ciudadana total, abierta y contundente. El verdadero peso de quienes generan el empleo y la riqueza en este estado no se mide en la tinta de un desplegado de ocasión. No necesitamos firmantes de oficina que solo brincan cuando se les afecta la caja registradora. Sinaloa urge de líderes dispuestos a jugársela en serio; porque el colmo de la miseria es ser incapaces de arriesgar un milímetro de comodidad por la tierra que los enriqueció. El tiempo de los tibios ya se agotó: o se convierten en el contrapeso que desplace al destructor, o la historia los registrará como los cómplices que pagaron su propio funeral.





