Juan Pablo Castañón Castañón

Juan Pablo Castañón Castañón
Por Juan Manuel Acuña Salomón
Sinaloa se encuentra en un punto de quiebre histórico. Esta serie de artículos sobre perfiles fuera del contexto de los líderes tradicionales que candidatean los partidos tiene una sola idea: poner sobre el tablero nombres con peso específico, líderes de la sociedad civil y del sector productivo que tienen que decidir si asumen su responsabilidad histórica con su tierra. Esto es un análisis frío de perfiles probados que la propia sociedad civil ya menciona en voz alta, porque entiende perfectamente que los de siempre no van a salvarnos.
Cada vez que la iniciativa privada y los líderes de la sociedad civil organizada se reúnen, la queja es la misma: la mediocridad del gobierno, el colapso de las instituciones y la falta de rumbo en Sinaloa. Pero cuando se pasa de la queja a la acción y se analiza quién debe tomar las riendas para rescatar al estado, la respuesta de los perfiles más capaces siempre es una evasiva: “Yo desde mi trinchera ayudo más”.
Hay que decírselos con toda la crudeza: esa comodidad es una ilusión. Nadie puede ser próspero en un país o en un estado quebrado. ¿De qué sirven las empresas con certificaciones globales, los empaques automatizados o las finanzas impecables si las calles están intransitables, la economía local está asfixiada y el Estado de Derecho es una ficción? El éxito privado en un entorno público destruido no es un refugio; es una bomba de tiempo. El talento que estos hombres han demostrado ya no es un patrimonio estrictamente privado; hoy es una obligación moral con la tierra que los vio nacer.
Bajo este estricto criterio de competencia y visión de Estado, es el turno de analizar a Juan Pablo Castañón Castañón. Estamos hablando de un sinaloense que no solo es actuario por la Universidad Anáhuac y maestro en Administración por el ITAM, sino que escaló hasta las máximas cumbres del liderazgo institucional en México: presidió la Coparmex Nacional y, posteriormente, el Consejo Coordinador Empresarial (CCE).
Haber liderado el CCE significa haber articulado y representado a más de 1.5 millones de empresas de todos los sectores del país. Significa, además, haber presidido el Consejo Consultivo Estratégico de Negociaciones Internacionales y encabezar el crucial “Cuarto de Junto” durante la complejísima renegociación del Tratado de Libre Comercio (T-MEC) frente a los lobbistas más agresivos de Washington. Esa no es una medalla corporativa; es la prueba de una capacidad ejecutiva y de negociación al más alto nivel global. Alguien que sabe sentarse con presidentes, que entiende de alta macroeconomía, de atracción de capitales, de logística y de institucionalidad, tiene de sobra el panorama completo en la cabeza para trazar la reconstrucción integral de Sinaloa.
Gobernar no es un concurso de simpatías, no andamos buscando reinas del carnaval ni al más popular en las encuestas. Gobernar es resolver problemas complejos bajo presión extrema. Mientras los políticos tradicionales solo entienden de gastar presupuestos en campañas y administrar el caos, perfiles de la estatura de Juan Pablo Castañón entienden cómo generar riqueza, cómo ordenar instituciones y cómo dar resultados reales. A la par de su visión económica, su participación en la sociedad civil organizada —como su labor en el patronato de la Casa Hogar Santa Eduwiges y en el impulso de Sociedad con Valores, IAP— demuestra que entiende el Sinaloa profundo, el que requiere urgentemente restaurar su tejido social.
Dirán los escépticos de la vieja guardia que estos nombres no tienen estructura territorial o que las bases no los conocen en las colonias. Volvemos a responderles con claridad: precisamente para eso debe quedar el trabajo de los partidos políticos. Las siglas deben brindar la estructura territorial y jurídica para operar y empujar los perfiles ciudadanos que el estado requiere con urgencia.
No estamos en tiempos de pedir permiso ni de esperar a que alguien de buena voluntad levante la mano. Como lo sentenció el gran pensador Platón hace siglos con una verdad que hoy nos estalla en la cara: “El precio de desentenderse de la política es ser gobernados por los peores”. Si los mejores cerebros de Sinaloa siguen rechazando la participación pública por comodidad, le estarán entregando el estado, por defecto, a los mismos destructores de siempre. La hora de las definiciones llegó, y el silencio ya no es opción.





