Candidato ciudadano: De la concesión a la supervivencia

Candidato ciudadano: De la concesión a la supervivencia
Por Juan Manuel Acuña Salomón
¿Cómo lograr una candidatura ciudadana cuando los partidos políticos no funcionan a partir de debates programáticos ni de la evaluación de capacidades técnicas, sino desde un sistema orientado al control territorial, la distribución de cuotas y la supervivencia de grupos de poder?
La pretensión de encarnar a un candidato ciudadano choca de frente contra la arquitectura interna de las organizaciones partidistas. Las candidaturas rara vez son espacios competitivos abiertos al mejor perfil; funcionan como moneda de cambio para mantener la cohesión de los grupos políticos internos: sectores, liderazgos regionales o estructuras ligadas a intereses específicos.
El acceso a las posiciones aseguradas en las listas de representación proporcional tampoco premia la preparación ni el mérito, sino la lealtad hacia la dirigencia en turno. Para el profesional externo, la posibilidad de entrar en un lugar con probabilidades reales es casi nula.
A pesar de estas trabas, Sinaloa —dada la magnitud de su problemática social y económica actual— necesita perfiles externos a los partidos. La pregunta de fondo ya no es si se requiere una visión técnica en la función pública, sino cómo lograrlo en los hechos sin sucumbir al engranaje partidista.
El punto de partida consiste en posicionar una realidad insoslayable: el modelo político tradicional agotó su capacidad para garantizar la gobernabilidad, la seguridad y el desarrollo económico del estado.
Cuando la crisis sobrepasa la capacidad operativa del político de carrera, el perfil ciudadano deja de ser una concesión diplomática de los partidos para convertirse en una necesidad de supervivencia para las propias siglas. El profesional preparado debe posicionarse como la opción capaz de otorgarle legitimidad y neutralidad al ejercicio del gobierno.
La burocracia interna siempre preferirá a uno de los suyos. Para obligar a las cúpulas a abrir la puerta, el perfil externo debe construir su propio activo antes de sentarse a la mesa: un capital de opinión pública respaldado en diagnósticos precisos sobre la realidad regional, sumado al apoyo de cámaras empresariales, colegios de profesionistas, la academia y redes comunitarias.
Cuando se demuestra nivel de conocimiento, reputación y capacidad para convocar a sectores desencantados de la política, la organización entiende que el candidato le aporta más a las siglas que lo que las siglas le aportan al candidato.
La estrategia viable para un perfil de esta naturaleza es el siglado táctico: negociar con un partido o coalición que enfrente un déficit de competitividad para que aporte el registro a cambio de rentabilidad electoral.
Esta negociación no debe ser por la candidatura a secas, sino por la autonomía para integrar la planilla y definir al equipo clave de gobierno, evitando quedar cercado por los operadores habituales del reparto de cuotas.
La clave no es convertirse en cliente de la burocracia partidista, sino entablar alianzas directas con los liderazgos intermedios y comunitarios que también están desatendidos por sus dirigencias. Si el perfil ciudadano conecta con la base operativa mediante un proyecto claro de administración y no con promesas vacías, neutraliza la resistencia de la cúpula desde abajo.
La candidatura ciudadana en Sinaloa no se logrará pidiendo espacio por cortesía a los partidos. Se logrará cuando la sociedad civil organizada y los perfiles técnicos construyan una fuerza de opinión y legitimidad tan sólida que las dirigencias se vean obligadas a ceder el espacio como su única alternativa para competir. La llave no es la sumisión a la burocracia, sino la construcción de un peso propio que vuelva al perfil externo indispensable.
Cualquier ciudadano tiene el derecho de ser postulado por cualquier partido político independientemente de ser militante o no.





